octubre 26, 2026

Cuando la Pastilla Ayuda a Seguir; Investigación estudiantes automedicados

Psicofármacos, bienestar y la presión por funcionar en la universidad chilena.

Dr. Cristian Carvajal Mery

Como fundación dedicada a promover el bienestar integral y el cuidado de la salud mental, entendemos que la ansiedad y el agotamiento no deben tratarse únicamente como responsabilidades individuales, sino que debemos cuestionar las condiciones de los entornos que habitamos.  Queremos visibilizar esta realidad urgente compartiendo este análisis del reciente estudio (2026) de los investigadores Ángela Cifuentes y Juan Pablo Pinto, el cual revela cómo los estudiantes universitarios en Chile están recurriendo a los psicofármacos no solo como tratamiento, sino como una herramienta para soportar las presiones sociales y de rendimiento, y para «seguir funcionando». Si bien como fundación no avalamos la automedicación bajo ninguna circunstancia, consideramos indispensable abrir este espacio de reflexión sobre las exigencias que están empujando a los jóvenes a estas prácticas. Les invitamos a leer nuestra reflexión a continuación y a profundizar en la investigación original, cuya versión completa está disponible de manera gratuita (open access) en este enlace: https://pmc.ncbi.nlm.nih.gov/articles/PMC13371154/

Hay una escena que probablemente resulte familiar para muchos estudiantes universitarios: una mochila, un computador, apuntes, un café, un teléfono lleno de recordatorios, y, en algún bolsillo, una caja de medicamentos.   No necesariamente porque exista un trastorno psiquiátrico grave. A veces es algo para la ansiedad, o para dormir,  para el dolor de cabeza, o para poder concentrarse durante una noche de estudio, o simplemente porque hay que llegar al final de la semana.

La pregunta habitual sería: ¿por qué tantos estudiantes están usando medicamentos psicotrópicos?

El artículo de Ángela Cifuentes y Juan Pablo Pinto, «Pharmacological Practices Among Chilean University Students» (publicado este año en Sociology of Health & Illness), propone mirar el problema desde otro lugar. El estudio no partió buscando esto: los autores entrevistaron a 44 estudiantes de tres universidades chilenas —dos tradicionales de élite y una privada masiva— para entender cómo viven la ansiedad universitaria. El uso de psicofármacos apareció, sin haber sido buscado deliberadamente, en 14 de esos relatos, como una de las formas en que los propios estudiantes intentan sostenerse.

En vez de preguntar solamente qué medicamento toma un estudiante o qué diagnóstico tiene, los autores preguntan qué lugar ocupa ese medicamento dentro de su vida cotidiana:  ¿Qué función cumple?, ¿Qué relaciones lo rodean?, ¿Qué tipo de universidad hace que ese medicamento adquiera determinado significado?.

Es un cambio pequeño en la pregunta, pero enorme en sus consecuencias. Porque quizás la pastilla no nos habla solamente del estudiante. También puede hablarnos de la universidad y de la carrera.

La universidad donde nunca terminas de estar al día

La vida universitaria contemporánea puede sentirse como una carrera sin una línea de llegada demasiado clara. Siempre queda algo pendiente; una prueba, una lectura, una presentación, un trabajo, una práctica, una postulación.

Y junto con todo eso aparece otra exigencia, aparentemente contradictoria: hay que estar bien. No basta con obtener buenas notas. También hay que cuidar la salud mental, desarrollar habilidades socioemocionales, aprender a manejar el estrés, ser resiliente, organizarse, dormir bien, hacer ejercicio y mantener una vida social saludable. El bienestar se convierte así en una especie de requisito para el éxito.

Los autores encuentran esta lógica con particular intensidad en universidades tradicionales de élite, donde los ideales de excelencia y rendimiento se mezclan con discursos de autonomía, autorregulación y salud mental. El estudiante exitoso no es solamente quien obtiene buenos resultados: es también quien consigue mantenerse emocionalmente estable mientras los obtiene.

Una estudiante de una carrera científica describe esa expectativa de manera muy gráfica: el ideal es convertirse en una persona casi «zen», capaz de dominar sus emociones, exigirse constantemente y mantenerse fuerte frente a las dificultades —al punto, dice, de dejar de permitirse sentir.

El problema es que este ideal produce una paradoja: «Tengo que estar bien para poder rendir, pero tengo que rendir para sentir que estoy bien.«

Cuando el bienestar se convierte en una obligación

Los autores recurren al concepto de healthism, que podríamos traducir aproximadamente como salutismo o ideología de la responsabilidad individual por la salud, propuesto originalmente por el sociólogo Robert Crawford.

La idea es sencilla: nuestra salud deja de ser solamente una condición que debemos cuidar y se transforma también en una responsabilidad moral individual.  – Si estoy ansioso, debo aprender a manejar mi ansiedad. Si estoy agotado, debo organizarme mejor. Si no puedo concentrarme, debo encontrar una estrategia. Si estoy sobrepasado, tengo que trabajar mi resiliencia.-

La responsabilidad termina recayendo siempre sobre el individuo. Esto puede parecer positivo —después de todo, cuidar nuestra salud es importante—, pero la perspectiva crítica del artículo plantea una pregunta incómoda:

¿Qué ocurre cuando las condiciones que producen el malestar quedan fuera de la discusión?

Porque una cosa es ayudar a una persona a manejar su ansiedad. Otra muy distinta es preguntarse por qué una determinada organización de la vida universitaria está generando tanta ansiedad en primer lugar.

La «Universidad Terapéutica»

Aquí aparece una idea que los autores retoman del trabajo de Rawdin y Dhillon: la Therapeutic University, o Universidad Terapéutica. En las últimas décadas, las universidades han ampliado enormemente su lenguaje de bienestar y salud mental. Eso puede significar mejores servicios, mayor reconocimiento del sufrimiento psicológico y menos estigma. Pero también puede ocurrir algo menos evidente: los problemas que tienen dimensiones sociales, económicas o institucionales comienzan a traducirse principalmente al lenguaje psicológico.

La sobrecarga se convierte en estrés. La incertidumbre, en ansiedad. La dificultad para adaptarse, en un problema individual. La incapacidad de cumplir con todas las demandas, en una falta de resiliencia. Y la respuesta institucional termina siendo ayudar al estudiante a funcionar mejor dentro de las condiciones existentes. No es que la ansiedad sea imaginaria. No es que la terapia no sirva. No es que los medicamentos sean innecesarios. La pregunta es otra: ¿qué pasa cuando la adaptación del individuo ocupa todo el espacio y dejamos de preguntarnos por las condiciones a las que debe adaptarse?

Cifuentes y Pinto sitúan precisamente el uso de psicofármacos dentro de este escenario: una universidad neoliberal en la que el bienestar se articula cada vez más con productividad, autonomía y rendimiento.

El tiempo también se enferma

Quizás uno de los hallazgos más interesantes del artículo sea la relación entre ansiedad y tiempo.

Varios estudiantes no describen solamente miedo, tristeza o angustia. Describen algo más concreto: no tener tiempo para detenerse.

Una estudiante de primera generación —la primera de su familia en llegar a la universidad— cuenta que sentía que no podía darse el lujo de estar deprimida o ansiosa. Tenía que mantener su beneficio de gratuidad, responder a las expectativas familiares y seguir el ritmo de sus compañeros. Llegó a pensar que ir a un psicólogo significaba empezar a ser una persona con ansiedad o depresión, en vez de simplemente serlo por un rato, y que eso equivalía a decepcionar a su familia. Por eso, dice, terminó recurriendo por su cuenta a los psicofármacos: para poder seguirle el ritmo a sus compañeros.

Otro estudiante explica algo todavía más revelador: reconoce que la terapia podría ayudarlo, pero dice que no tiene tiempo para hacer terapia porque su prioridad es rendir bien. Aquí la frase «no tengo tiempo para estar mal» adquiere un significado mucho más profundo. El tiempo deja de ser un espacio para descansar, elaborar lo que ocurre o recuperarse. Se convierte en un recurso que debe optimizarse. Cada hora tiene que producir algo. Y detenerse tiene un costo.

Los autores llaman a esto una «economía de la aceleración»: una temporalidad universitaria en la que la continuidad del rendimiento adquiere prioridad sobre la posibilidad de detenerse. En ese contexto, el medicamento puede ofrecer algo tremendamente atractivo: la posibilidad de seguir.

Tres formas de habitar la pastilla

A partir de los 14 relatos donde esto emergió con fuerza, Cifuentes y Pinto identifican tres modalidades que se entrelazan y coexisten, sin ser categorías cerradas ni excluyentes entre sí.

1. La pastilla como forma de continuar (mediación emocional)

Desde una mirada biomédica clásica, podríamos pensar: síntoma → medicamento → tratamiento. Pero los relatos de los estudiantes muestran algo más complejo. El medicamento funciona ahí como una especie de mediador emocional. No necesariamente elimina la ansiedad, la tristeza o el malestar. Puede simplemente disminuir su intensidad lo suficiente para que la persona pueda continuar estudiando, asistiendo a clases, relacionándose o rindiendo.

Es interesante notar que, incluso entre estudiantes que sí llevan un tratamiento psiquiátrico formal, muchos ajustan la dosis por su cuenta —la bajan, la suspenden, la retoman— según lo que sienten que necesitan en cada momento. Eso no es simple desobediencia al tratamiento: es una forma de conservar algo de control subjetivo sobre el propio cuerpo, aunque al mismo tiempo siga reforzando la idea de que la regulación emocional es, en última instancia, un asunto individual.

En algunos relatos, esta mediación emocional se cruza con un uso más orientado al rendimiento: estimulantes o antidepresivos para mantenerse despierto, concentrarse o aguantar jornadas de estudio prolongadas. Pero los autores son cuidadosos en no reducir todo esto a «neuroenhancement» o mejora cognitiva: ese tipo de uso aparecía con menos frecuencia y casi siempre mezclado con el manejo del malestar, no separado de él. La diferencia entre «quiero estudiar más y por eso tomo algo» y «estoy sobrepasado, pero necesito seguir funcionando» importa, y en el material de los autores predomina claramente lo segundo.

2. Las «comunidades medicadas»

Hay otra escena interesante: un estudiante abre su mochila y saca un medicamento. Pero no es necesariamente una decisión completamente privada.

Quizás se lo recomendó un compañero. Quizás alguien le dijo qué tomar antes de un examen. Quizás durante una noche de estudio varios terminan tomando algo para poder mantenerse despiertos.

El artículo encuentra que estas prácticas circulan dentro de redes informales entre estudiantes y pueden adquirir una dimensión colectiva. Los medicamentos se comparten, se comentan y se normalizan. Los autores hablan de «comunidades medicadas».  La expresión es interesante porque rompe con la idea de que el consumo de medicamentos es siempre una decisión estrictamente individual. La decisión puede ser personal, pero el contexto que la hace imaginable, aceptable o incluso normal es colectivo. El medicamento se convierte simultáneamente en tratamiento, herramienta, objeto compartido y forma de apoyo entre pares —algo particularmente presente entre estudiantes de primera generación, para quienes esas redes funcionan casi como una red de contención informal frente a las exigencias universitarias.

3. El cuerpo como interfaz

Hay una tercera dimensión, todavía más profunda: ¿qué ocurre cuando el cansancio, el dolor de cabeza, el insomnio o la tensión dejan de ser señales de que necesitamos detenernos, y empezamos a percibirlos como obstáculos para continuar?

Un estudiante relata que llevaba las pastillas permanentemente en su mochila, que en la universidad llegaron a convertirse en parte de él, y que si no tenía una a mano podía terminar llorando de dolor de cabeza en plena clase. La medicación deja entonces de sentirse como algo extraordinario. Se incorpora a la rutina, como el computador, como el café, como los apuntes, como parte del equipamiento necesario para atravesar la jornada.

Los autores llaman a esto «el cuerpo como interfaz»: un lugar donde se encuentran, todo el tiempo, las exigencias institucionales, las emociones y las prácticas farmacológicas. El cuerpo deja de ser simplemente aquello sobre lo que actúa el medicamento y se convierte en el lugar donde se negocia permanentemente la posibilidad de continuar.

Dolor → medicamento → continuar. Cansancio → medicamento → continuar. Ansiedad → medicamento → continuar. Insomnio → medicamento → continuar.

El objetivo ya no es necesariamente recuperarse antes de volver a la universidad. A veces es, simplemente, poder permanecer en ella a pesar del malestar.

Una universidad que se mete en el cuerpo

Esta idea permite entender una de las afirmaciones más fuertes del artículo: la universidad no solamente organiza horarios, evaluaciones y actividades. También puede terminar organizando la experiencia corporal. Si el mensaje implícito es que hay que seguir funcionando, entonces el cansancio se vuelve un problema que debe gestionarse, la ansiedad algo que hay que regular, el dolor una interrupción que debe minimizarse.

El medicamento funciona entonces como una tecnología de adaptación. No necesariamente cambia las condiciones que producen el agotamiento. Pero permite soportarlas. Y aquí aparece una tensión fundamental: la misma herramienta que ayuda a una persona a seguir adelante puede, al mismo tiempo, hacer más tolerable un entorno que está contribuyendo a su sufrimiento.

¿Y qué tiene que ver Chile con todo esto?

Los autores no presentan esta dinámica como exclusivamente chilena: fenómenos similares se han descrito en universidades británicas, australianas y norteamericanas. Lo que sostienen es que el caso chileno tiene una historia particular.

Las transformaciones económicas y políticas iniciadas durante la dictadura trasladaron responsabilidades desde las estructuras colectivas hacia individuos y familias. En educación superior, la privatización iniciada en 1981 transformó la relación entre universidad, conocimiento y mercado, consolidando un sistema altamente competitivo. A diferencia de otros países donde procesos similares de neoliberalización convivieron con cierta infraestructura estatal de bienestar, en Chile esa transición ocurrió sin ese amortiguador —lo que, según los autores, intensifica particularmente la lógica de la autogestión individual de la salud.

En este contexto, la idea de que cada persona debe autogestionar su salud, su trayectoria y su futuro adquiere especial fuerza. Y los medicamentos forman parte de ese paisaje: farmacias, mercados informales, plataformas digitales y redes universitarias hacen que los productos farmacéuticos estén presentes en la vida cotidiana, contribuyendo a su normalización.

Un dato del estudio llama la atención sin que los autores lo conviertan en una conclusión cerrada: entre quienes reportaron uso de psicofármacos, la gran mayoría eran mujeres, y la concentración fue notoriamente mayor en la universidad tradicional de élite de Santiago que en las otras dos instituciones. No es una relación que el artículo explique del todo —es más bien una pista, una invitación a seguir mirando cómo se cruzan el género, el prestigio institucional y la presión por rendir.

Por eso los autores insisten en que no podemos estudiar al estudiante que toma un medicamento como si existiera fuera de la sociedad en la que vive. Hay que mirar el contexto. Eso significa comprender la experiencia de manera situada.

¿Qué significa «situada»?

«Situada» no significa simplemente «que ocurre en un lugar». Significa comprender una práctica considerando las relaciones concretas que la hacen posible y le dan significado.

No existe solamente un estudiante + un medicamento. Existe un estudiante + su cuerpo + sus emociones + sus compañeros + su familia + su situación económica + su universidad + sus expectativas + sus horarios + sus posibilidades de acceso a tratamiento.

El medicamento adquiere sentido dentro de ese entramado. Por eso los autores hablan de «ensamblajes sociomateriales». La palabra puede sonar complicada, pero la idea es bastante intuitiva: lo social y lo material están mezclados. La universidad es social. El medicamento es material. La ansiedad se experimenta corporalmente. Las expectativas académicas son sociales. La mochila donde se lleva la pastilla es material. Todo eso participa simultáneamente en la experiencia.

Comprender el fenómeno significa mirar el conjunto, no solamente uno de sus elementos.

¿Y dónde queda la autonomía del estudiante?

Aquí el artículo evita caer en otra simplificación. Si todo estuviera determinado por el sistema universitario, podríamos terminar pensando que los estudiantes simplemente obedecen las exigencias institucionales. Pero no es eso lo que muestran los relatos.

Los estudiantes deciden, negocian, ajustan y reinterpretan sus prácticas. Algunos modifican las dosis, otros suspenden medicamentos, otros buscan ayuda, otros recurren a redes informales. Algunos utilizan medicamentos como una forma de recuperar cierto control sobre su cuerpo y sus emociones.

La agencia sigue existiendo. Lo que cambia es nuestra manera de entenderla: no como una decisión que ocurre en el vacío, sino como algo que se ejercita siempre dentro de determinadas condiciones y en relación con otros.

Más allá de «medicación sí» o «medicación no»

Quizás por eso una lectura superficial del artículo podría perder su punto central. No es un texto que diga «los psicofármacos son malos». Tampoco dice «los estudiantes deberían dejar de tomarlos». Y tampoco sostiene que todo sufrimiento universitario sea consecuencia directa y única del neoliberalismo.

Lo que propone es algo más incómodo: no podemos comprender el uso de psicofármacos únicamente como un fenómeno biomédico o como una decisión individual.

Los autores encuentran prácticas heterogéneas que combinan tratamiento, regulación emocional, rendimiento, relaciones entre compañeros, manejo corporal, supervivencia cotidiana, expectativas institucionales y formas individualizadas de responsabilidad por la propia salud. La pastilla puede hacer muchas cosas al mismo tiempo. Y su significado depende de la situación.

Una pregunta que queda abierta

Al final, quizás la pregunta más interesante no sea «¿por qué los estudiantes toman psicofármacos?», sino: ¿Qué tipo de universidad estamos construyendo cuando nuestros estudiantes necesitan aprender constantemente a regularse, optimizarse y medicarse para poder seguir funcionando?

Porque si una persona necesita ayuda para manejar su ansiedad, debemos ofrecerle ayuda. Pero si cientos o miles de personas experimentan ansiedad dentro de determinadas condiciones institucionales, quizás también deberíamos mirar esas condiciones. Tal vez, una universidad saludable no sea solamente una universidad con más psicólogos, más talleres de mindfulness y más campañas de bienestar. Tal vez también sea una universidad donde no sea necesario sacrificar sistemáticamente el descanso, el cuerpo, la vida afectiva y la salud para demostrar que uno merece estar allí.

El propio artículo describe esta tensión mediante una lógica meritocrática sacrificial: la salud puede terminar subordinándose a la continuidad académica y al rendimiento.

Y esa idea cambia radicalmente el foco. Ya no preguntamos solamente «¿cómo hacemos que el estudiante funcione mejor?». También preguntamos: ¿qué tendría que cambiar en el entorno para que el estudiante no tuviera que funcionar permanentemente al límite?”

Referencia del estudio:

Basado en: Cifuentes, A. y Pinto, J. P. (2026). «Pharmacological Practices Among Chilean University Students: Between Emotional Mediations, Performance Demands, and Health Mandates». Sociology of Health & Illness, 48:e70239.

Open access: https://pmc.ncbi.nlm.nih.gov/articles/PMC13371154/