Estudio de investigación en adultos con atención divergente. El investigador Hugo Sir propone comprender el TDAH como un «arreglo» para lo que se vive como «sin arreglo”.
Ps. Mg. Ana Luisa Parra Díaz

La Fundación José Galasso invita a reflexionar sobre la necesidad de transformar la atención de un esfuerzo solitario a una práctica colectiva de cuidado, inclusión y justicia social. Al respecto, la investigación del sociólogo chileno Hugo Sir (2025), titulada «El TDAH como arreglo: entre la medicalización y la neurodiversidad«, nos muestra un acompañamiento cercano en la vida cotidiana de seis adultos divergentes atencionales con trayectorias diversas. Sir nos propone dejar de mirar la atención como un interruptor individual e interno dentro de la cabeza, y empezar a verla como una práctica colectiva que involucra cuerpos, objetos, tiempos y relaciones.
El autor propone comprender el TDAH como un «arreglo» para lo que se vive como «sin arreglo«. Nuestros rasgos no se viven como “errores”, es simplemente un modo de ser.
Estabilizar una vida divergente requiere un «gasto» económico, afectivo, energético, cognitivo y relacional que suele volverse invisible. Este gasto se lleva de forma- principalmente- individual, según las experiencias personales y realidades contextuales de cada persona, donde juegan factores como la clase y el género. No es lo mismo tener los recursos para levantarse y recuperarse de un fracaso financiero provocado por un olvido, o contar con redes de apoyo, que tener que sobrevivir sin ellos. De hecho, el estudio nos advierte sobre las versiones «utilitaristas» de la neurodivergencia que solo valoran la divergencia si es «rentable» o productiva para el mercado.
El verdadero desafío, como concluye Hugo Sir, es exigir condiciones institucionales y sociales que democraticen ese «gasto». Necesitamos construir un mundo capaz de garantizar la justicia social y la convivencia armónica entre diversas modalidades atencionales y cognitivas de experimentar y actuar en el mundo.
Cuando hablamos de Atención Divergente, solemos pensar en la desconcentración o el olvido, pero pocas veces nos detenemos a pensar: ¿cuánto cuesta, a nivel emocional, económico y social, sostener el día a día?
Retomando la investigación de Hugo Sir (2025), descubrimos que para que el TDAH funcione como un «arreglo» viable en la rutina, las personas adultas deben realizar un «gasto» (económico, temporal, afectivo y relacional) que suele estar completamente invisibilizado. No es solo que les cueste enfocarse; es que mantener el equilibrio exige una inversión energética y cognitiva para compensar las exigencias del entorno.

Cuando este sistema compensatorio falla, el costo puede ser altísimo. El estudio relata el caso de S., una mujer que llegó a la consulta tras haber extraviado un cheque de muy alto valor en un taxi, poniendo en riesgo financiero a su entorno. Para no agotarse mentalmente, las personas construyen andamios materiales exigentes. Compensan la memoria usando herramientas como planners, recordatorios, alarmas, cuadernos, post-it y lápices de múltiples colores para exteriorizar la atención o mantener un tratamiento farmacológico que le permita controlar la dirección de su atención.
El gasto energético se experimenta como un «exceso» corporal: demasiadas palabras, movimientos o una susceptibilidad extrema a los estímulos del ambiente. La investigación describe a U., una joven cuyo entorno laboral notaba que se levantaba de su puesto «mil veces en 10 minutos» y hablaba más que el resto. Ese motor interno encendido gasta una cantidad enorme de fuerza física y mental. Este exceso de energía no se corrige eliminándolo, sino encauzándolo. Los adultos del estudio compensaban este pulso energético involucrándose en deportes intensos, clases de baile, actividades de voluntariado o eligiendo la bicicleta como medio de transporte para «gastar» ese excedente y poder enfocarse en sus labores principales.
El gasto relacional y afectivo se evidencia en los desencuentros con el tiempo (llegar tarde, olvidar fechas o tareas) y acumulan internamente mucha culpa y ansiedad. El estudio expone el caso de K., quien descubrió la gravedad de su TDAH en el doctorado al notar que ya no contaba con «la ayuda de las mujeres» (amigas y parejas) que en sus etapas anteriores asumían el trabajo doméstico, de cuidados y atencional para que él pudiera entregar todo a tiempo.
Afirmar la diferencia y decir «así funciona mi mente» tiene un precio alto. De hecho, Sir concluye que mientras más se intenta defender la propia neurodivergencia como algo valioso, más exigente se vuelve este gasto invisible. La libertad de ser uno mismo, dependerá de tu realidad contextual de género, redes, realidad socio-económica, entre otros. El gasto condiciona directamente quién puede darse el lujo de vivir su diferencia con orgullo.
Por eso, la salud mental colectiva no puede seguir exigiéndole al individuo que se «compense» solo a base de puro esfuerzo e infraestructura personal. Necesitamos que las instituciones democraticen ese gasto y asuman la responsabilidad de diseñar espacios públicos, educativos y laborales donde quepan, de manera justa, todas las formas de atender.